Siempre queda arena

Y finalmente un día, quiso el destino que me decidiera a llamarte. Los recuerdos siempre son caros; llamada al extranjero.

Sonaba el intermitente crujido del baúl del olvido. ¿Sería abierto, tras tantos años?

Golpe seco.

¿Hola?

Reestructuración de mi materia.

No sabes cuánto, para tu desgracia, me alegro de oírte.

¿Quién es?

Soy los restos de lo que un día fui. De quien un día fui. Soy los restos de una máquina rota que hiciste funcionar de nuevo para dejarla en el desván de una casa en venta. Soy la sombra de la imposibilidad de olvidarte, del deseo de un cálido futuro, de tus negros ojos y tus cabellos oscuros, de tu embriagadora sonrisa. Soy la memoria de algo igual a ti. La memoria de una máquina igual a su creadora. Soy el burdo pañuelo de unos ojos y un corazón lloroso que deprecaban por una respuesta sincera. Una respuesta esclarecedora. Una respuesta. O al menos un simple adiós.

Esta llamada todavía no ha pasado. Lo sabes bien. Este futuro no es presente ni posible. No lo puedo permitir.

Tu no permiso no impide nada. Solo el mío podría. Ambos lo sabemos. Tuve oportunidad de retenerte. Tuve oportunidad de conocer alguna respuesta. Pero elegí confiar. No… Elegiste tú que confiara. Tú me hiciste creer que tenía oportunidad de obtener respuestas. Tú me hiciste creer que tuve oportunidad de detenerte. Es tu permiso el que otorgaba. El que sigue otorgando. Tú. Siempre tú. Siempre fuiste tú quien dirigía esta hazaña. Siempre fuiste tú la que dañaba, nunca la dañada. Nunca pude dañarte. Ojalá hubiese podido. Ojalá nadie te hiera.

Con quien hablas no es mi yo real. Es una reminiscencia. Como tú dices, una sombra.

Y qué si fueras tu persona entera. No tengo más pedazos que perder.

Me recompuse.

Volví a caer.

Dañino momento lineal de un objeto pequeño. De una persona pequeña. De una relación pequeña. De una respuesta pequeña. De un vacío enorme.

No puedes llamarme. No puedes saber de mí. Yo te he olvidado. Te quise, sí. Como un niño a su juguete nuevo. Pero ya no significas nada.

No puedo permitirte hacerme creer que eso es cierto. Tú no eres tú. Eres un trozo de mí clavado en mí mismo. Por ti.

Tú no tienes potestad.- Me resquebrajé un poco más. –No me estás llamando. No me has llamado. No me llamarás. Estás inmóvil en mi antiguo desván. No salgas. No saldrás. Ahora sufre, sin nunca olvidarme.

Caí en un remolino. Volví al presente. Ojos llorosos, carta mojada, tinta corrida.

¿Qué soy…?

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