Duna de olvido

Palabras inconexas. He perdido. Siempre pierdo. Ya no tengo el fuego que tenía en mi inocencia pasada. Las dunas son millones de pedazos que guardan calor. Salvo si sopla el viento.

Calor de día, frío de noche. Siempre perdiendo y ganando, nunca constante. Sedimentos de montañas, secas, no albergan vida. No nacen ideas sobre ellas. Solo burdos espejismos, faltos de equilibrio, lejanos, irreales. Nada más que un engaño de la esperanza para no desaparecer por completo, con el viento.

Hectáreas de soledad y muerte. Sin un mero helecho seco en kilómetros. Ni un vestigio del paraíso. Ni en espejismos. No merece la pena guardar calor para fundirse y volverse transparente. No hay nadie que mire a través. Nunca lo habrá. Ni siquiera el sol dirige más atención que su furia a estos secos vados, evitando así que la irrealidad se volviese real. Pero ésta ya no recuerda cómo es ser real.

Estos terrenos ya no recuerdan lo que era mantenerse unidos por las raíces del árbol prohibido, de los frutales de los alrededores. Esas arenas ya están a miles de millas de su duna, antes prado seco, antes prado vivo, antes jardín del Edén. Ya ni las que aún restan en la duna recuerdan el húmedo ambiente, o el húmedo arbusto; menos, las frutas caídas.

No es justo que el patrón abandonara al jardinero. Tampoco que el jardinero olvidase su jardín. Tantas raíces secadas y descompuestas… Tantos frutos que nunca caerán y brotarán… Tanta savia que ya jamás dotará de vida… Tanta vida perdida en el arder.

No es justo, jardinero. Y menos sin un porqué.

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