Sátira a mi profesor de piano

Ésta es una sátira a mi profesor de piano. Sí, tú. Tú, que tanto sabes y tanto explicas, tú que tanto compones y tanto me halagas. Tú, que me aprecias y me abandonas. No voy a llamarte de usted, porque al pasar el marco del salón eres mi calvario. ¿Por qué, desde el otro lado, dialogamos sonrientes, pero dentro no muestro los dientes? Dientes, sí. Bien sabes tú qué son dientes con esas estalactitas perfectamente alineadas; un rompeolas que esconde una lengua vil, que explica como un viejo desvaría, que alaba como una serpiente tienta, y que en conjunto muerden como un can y nunca, nunca aflojan.  Pero más vil que tu lengua y boca son tus manos. Con tales ramas de fresno desnudo, tocas preciosas melodías. No, preciosas melodías no. Entre negras y corcheas escondes tritonos avasallantes, cuartas diabólicas de fuego eterno que me desconciertan y me oprimen. A mi izquierda te colocas para poder escribir mis faltas fuera de mi campo de visión, mientras con tu mano tuerta me engañas con felicitaciones y denotaciones de ingenio en mis breves y simples partituras. Y cuando la clase acaba, se baja la tapa del piano, pero se abre la de Pandora. No hay partitura sin más correcciones que ideas. No hay observaciones constructivas, o proposiciones. Querido profesor, tampoco hay interés por los que en casa te esperan, encerrados en cuatro paredes de tela, con dados en el suelo y el coche fuera del garaje, sin gasolina, que no te permiten sacar tu pluma y dibujar sonidos. Pero el falso interés que muestras es el verdadero tono desafinado en esta canción. A mis padres les dices que soy un genio y que no necesito clases, pero apareces en el banco, frente a las teclas, sin aviso, con un sobre en la americana, y mis padres objetando mi poco deseo de aprender y mi poco conocimiento de la magia. Puede ser que no escuche conciertos de piano, y que no sienta simpatía general por el instrumento, aunque parezca que mis dedos alcanzan las teclas en el orden establecido en cada página. Pero no es razón suficiente para exigirme más o, simplemente, distinto. Pero por esta vereda me ha tocado andar, como machado y sus caminos. Y qué son, al final, las notas, más que mera literatura. Maldito profesor de piano; si lees esto, deja de traer flores rosas teñidas de amarillo, que al marchitarse se ve el engaño. Aunque, lo más divertido de esto, es que no sé tocar el piano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s